Padre Alejandro Sola – «Hipócrita»

«HIPOCRITA»

El presidente Alberto Fernandez declaró en la apertura de las sesiones del Congreso de este año: «todos saben de lo que estoy hablando, el aborto sucede, es un hecho… y solo la hipocresía (…) es la que nos hace caer en un debate como este».

La frase del primer mandatario tiene aristas que llaman mucho la atención. La primera: la alusión a la hipocresía. Hecha no en modo accidental o como expresión de momento poco feliz sino en un discurso escrito dirigido al conjunto de los parlamentarios del país, se convierte en una pública puesta en tela de juicio del modo propio por el que una sociedad moderna y democrática debe tratar asuntos de importancia que hacen al bien de sus habitantes: el debate. La sociedad no «cae» –como afirma el Dr. Fernandez- en el debate sino que «crece» cuando ese debatir se da de modo serio y responsable, fundado y respetuoso, permitiendo que se expresen y esclarezcan los argumentos de fondo que determinan una decisión. El debate que el presidente menciona se dio hace menos de dos años (hubo 770 expositores en las audiencias ante los plenarios de comisiones en la Cámara de Diputados y de Senadores; y más de 800 presentaciones en cada una de las cámaras). Y entonces el poder legislativo se expidió. Quienes debatieron en general (sea a favor o en contra) y en particular quienes se opusieron al proyecto, quedarían de este modo englobados bajo el calificativo de «hipócritas». Las millones de personas que no reconocen el aborto como un derecho legal o como una solución real para las mujeres en situación de riesgo, lo mismo. Con este modo de expresarse, el Presidente recurre al tradicional argumento «ad hominem» que critica las intenciones, aptitudes o condiciones de quien piensa distinto, no sus ideas; recurso que suele usarse para eludir la discusión de fondo o para colocar una máscara que cubra la carencia de fundamentos sólidos propios. A propósito, «máscara» es parte de la raíz etimológica griega de «hipócrita» (ὑπό-κρισις). El disfraz puesto a un discurso para evadir el debate es lo que lo hace hipócrita; cuando las medidas políticas se camuflan bajo el barniz de promoción de derechos o de «cuestiones de salud pública» pero evitan mencionar y tratar a fondo los problemas de raíz, se vuelven hipócritas.

«El aborto sucede, es un hecho», agrega en su argumentación el presidente. Los hechos, de por sí, no generan derechos ni son fuentes de normatividad. Haber anunciado que ante los hechos dramáticos que dañan la dignidad humana del aún no nacido y de la madre no puede hacerse nada es declarar lisa y llanamente la rendición de la política. Porque eso es la política: la acción que transforma la realidad (los hechos) al servicio del bien común (que es el bien justo, el bien debido a cada uno por la dignidad de su condición). De esta manera, en el marco solemne de la apertura de sesiones, el presidente de la república reconoce, arropado por el aplauso de varios legisladores, que el gobierno no tiene respuestas, que es incapaz de hacer frente a los desafíos de la realidad. Es llamativo que quien representa un gobierno que se define nacional y popular, que defiende el protagonismo de la acción del Estado para proteger y promover la justicia social, se rinda sin dar batalla ante un drama que pone en riesgo la justicia más básica, y los derechos más esenciales del hombre. Es llamativo que esto ocurra… a menos que los ideales declamados sean, simplemente, otro modo de portar una máscara.

«En el siglo XXI toda sociedad necesita respetar la decisión individual de sus miembros a disponer libremente de sus cuerpos». El Dr. Fernandez apela (otra vez de modo llamativo, teniendo en cuenta su origen político) a un principio-pilar liberal, que es legítimo pero no absoluto. Por una parte, no podemos hacer totalmente lo que querramos con nuestros cuerpos. Un ejemplo simple: con la extensión de mi cuerpo, con mi mano, podría tomar objetos que no me pertenecen. Y la norma me sancionaría con razón. Estaría violentando otra viga maestra del pensamiento liberal: la propiedad privada. Si la norma pone un límite a la acción de mi cuerpo custodiando la acción indebida sobre algo que no me pertenece, cuanto más debe hacerlo si esta acción es sobre alguien (… siendo además que sobre ningún «alguien» se tiene propiedad). Y aquí aparece el segundo y principal problema de la afirmación presidencial. Problema que brota no de lo que dijo, sino de lo que omitió. El silencio acerca del segundo cuerpo, del «otro» alguien que está en juego en la ecuación. Invisibilizar es otra forma refinada de enmascarar, de ser hipócrita. Se omite sistemática y premeditadamente la referencia a alguien real, con constitución individual propia (hasta en su genética) diferente de quien lo está gestando. Un individuo de quien el Estado no puede hacerse el desentendido, a quien no tiene derecho a hacer desaparecer. Y quisiera reiterarlo a riesgo de ser redundante. El Estado (y nos lo ha enseñado la trágica historia política de nuestro país) bajo ningún punto de vista, por acción u omisión, puede montar un plan sistemático que haga invisible, que haga desaparecer a ninguno de sus habitantes. Menos aún a los más frágiles y desamparados, a los que no tienen voz ni pueden defenderse por sí mismos. Sería hipócrita que un gobierno progresista adhiera al criterio de «darwinismo social» propio del capitalismo salvaje que critica (y con razón) en tantos otros campos de la vida social y económica. No hay habitantes de primera y de segunda clase. Las condiciones (aún las peores) en las que una persona fue concebida no dañan ni alteran en nada su dignidad. En estas semanas está circulando por las redes el testimonio dado en 2018 ante la Cámara de Diputados por la Dra. Karina Estrella Etchepare, que se presenta como «la voz de todos los niños gestados en ocasión de una violación». Su madre, una joven humilde, fue violada por el padrastro y, a pesar de las presiones que recibió para abortar, decidió dar a luz a la niña y entregarla en adopción. Karina, siendo mayor, intentó dar con el paradero de su madre biológica. Cuando lo hizo supo que había fallecido; pero la pareja de su madre al verla afirmó que era igual a ella. Karina expresó con firmeza delante de los legisladores: «comprendí entonces que los niños fruto de una violación no tienen la cara del violador sino que tienen la cara del amor y, en mi caso, la cara de ella, de mi madre biológica». Y dirigiéndose a los diputados, agregó: «conociendo mi historia los invito a que alguno se ponga de pie y me diga que su vida vale más que la mía; que vale más que yo porque soy fruto de una violación». No hubo reacciones, no hubo palabras que disfracen… solo silencio respetuoso. El silencio que reconoce la fuerza de los hechos.

El presidente continúa diciendo: «un Estado presente debe proteger a los ciudadanos en general y, obviamente, a las mujeres en particular».
Dentro del colectivo de mujeres vulnerables hay muchas que han sido y son objeto de violencia, de abusos de poder, de conciencia, físicos y sexuales… Ellas son verdaderamente víctimas. El aborto no las protege, no las promociona, ni las libera, ni las sana. Además de ponerlas en una situación en la que no estaban (es decir, en ocasión de ser partícipes de la agresión a una nueva víctima inocente) la práctica del aborto provoca en ellas severos trastornos de salud. No es hipócrita debatir acerca de los traumas físicos, psíquicos y espirituales que una mujer padece al abortar (sea en condiciones naturales o provocadas, clandestinas o legales). Organismos internacionales reconocen que el aborto no se equipara a una intervención médica común (al estrés que puede atravesar alguien a quien le extraen una muela o el apéndice). Existen informes que corroboran las profundas secuelas de esta práctica, aún cuando se da en las mejores condiciones de asepsia. La OMS en 2008 planteó estrategias para «reducir el número de personas que recurren al aborto» (1). Ante las evidencias sobre las secuelas del síndrome postaborto, el Parlamento Europeo en 2010 adoptó una resolución en la que apela a la necesidad de que el aborto no sea promovido como un método más de planificación familiar (2). Lo mismo afirmó ese año un documento de la ONU exhortando a que se reduzca el recurso al aborto y se dé a las embarazadas «fácil acceso a información fidedigna» (3). La prueba científica sobre el momento del inicio de la vida queda ratificada por la constatación también científica del factor negativo que para la salud de la mujer implica el aborto (una evidencia confirma la otra, siendo el hijo y la madre los dos extremos afectados por los efectos de un mismo trauma). La última referencia relevante es la que aporta un macroestudio publicado en 2011 en la revista de psiquiatría British Journal of Psyquiatry en el que participaron casi 900.000 mujeres de las que cerca de 164.000 habían abortado: entre las conclusiones se indica que «las mujeres que se habían sometido a un aborto experimentaron un 81% más de riesgo de problemas de salud mental» (4). Ésta es la medición científica de los hechos, no un debate hipócrita.

Sr. Presidente, adhiero al proyecto de protección de la mujer dentro de los 1000 primeros días de maternidad ¿por qué no dar tiempo para que se evalúen los efectos positivos de esta propuesta en lugar de presentar en simultaneo el proyecto de legalización del aborto? ¿por qué no complementar la propuesta con otras normativas, por ejemplo, que faciliten el acceso a la adopción? ¿por qué no, desde el ejecutivo, poner las estructuras, sistemas y funcionarios a trabajar codo a codo al lado de esas madres que en muchos casos padecen el abandono de sus parejas, de sus familias, de la comunidad? ¿Por qué no revisar y perfeccionar la acción de la fuerza policial y judicial para sancionar a aquellos profesionales de la salud que lucran con la muerte; aquellos abusadores que siguen en el círculo cercano de la mujer ultrajada y que recibirán, con la legalización del aborto, una coartada para su delito? ¿por qué no generar comisiones de asesoramiento y redes de acción junto a ONGs, organizaciones de bien público, partidos políticos, movimientos sociales, grupos religiosos para la ayuda económica, afectiva, psicológica y espiritual de las mujeres gestantes en situaciones vulnerables y de sus niños? Ayudarlas a conectar con la vida que llevan en su vientre, con aquel amor sanante y fecundo por el que pueden llegar a ser capaces de vivir como madres. Esto no significa re-victimizarlas… llegar a descubrir y vivir la maternidad no es un castigo del sistema hetero-patriarcal… Es lo que me ha mostrado más de diez años de ministerio en los que fui testigo de mujeres que se juegan a fondo, que entregan la vida por sus hijos, que padecen terriblemente cuando ellos están ausentes, que hacen carne en su corazón sus mismos dolores, problemas y dificultades. Ser madre o padre, más que un simple acto biológico o rol cultural, es la posibilidad de conectar con la capacidad de amor más grande, gratuita y generosa del ser humano. Es abrir una luz en medio del dolor, es permitirle a la persona desplegar al máximo su potencialidad de bien. ¿Por qué no intentarlo? A menos que la votación de una ley sea el atajo que «ahorre» este camino, este esfuerzo, este involucrarse y comprometerse de verdad con la realidad de quien sufre… A menos que ese atajo sea nada más que la fachada de una nueva máscara.

No es la hipocresía la que nos lleva a debatir, es la realidad, son los hechos.

«En la Argentina de hoy la palabra se ha devaluado peligrosamente, parte de nuestra política se ha valido de ella para ocultar la verdad o tergiversarla; muchos creyeron que el discurso es un instrumento idóneo para instalar en el imaginario público una realidad que no existe; nunca midieron el daño que con la mentira le causaron al sistema democrático».

Son sus palabras, Sr. Presidente, a las cuales adhiero. Los hechos mostrarán finalmente si son verdaderas, o hipócritas.

Alejandro Sola
DNI 27.781.599

1) «Enfoque estratégico de la OMS para fortalecer políticas y programas de salud sexual y reproductiva 2008». Punto 4
2) Resolución de sesión miniplenaria del Parlamento Europeo. Bruselas, 25/02/2010
3) Organización de las Naciones Unidas, «La ONU y la mujer», 2010.
4) P. K. Coleman «Abortion and mental health: quantitative syntesis and analysis of research published 1995-2009. British journal of Psychiatry 199»: 180-186. 2011. Cf. http://www.abortoinformacionmedica.es/2009/03/30/la-oms-sobre-la-interrupcion-voluntaria-del-embarazo/

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