Catequesis del Papa Francisco del 29 de mayo: La Palabra y el Espíritu Santo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy iniciamos un recorrido de catequesis a través del Libro de los Hechos de los Apóstoles. Este libro bíblico, escrito por San Lucas Evangelista, nos habla del viaje, un viaje: ¿pero qué viaje? Del viaje del Evangelio en el mundo y nos muestra la maravillosa unión entre la Palabra de Dios y el Espíritu Santo que inaugura el tiempo de la evangelización. Los protagonistas de los Hechos son una pareja

vivaz y eficaz: la Palabra de Dios y el Espíritu Santo.

Dios «manda su mensaje sobre la tierra» y «su palabra corre veloz», dice el Salmo (147.4). La Palabra de Dios corre, es dinámica, riega todo el terreno en el que cae. ¿Y cuál es su fuerza? San Lucas nos dice que la palabra humana se vuelve eficaz no gracias a la retórica, que es el arte de hablar bien, sino gracias al Espíritu Santo, que es el dinamis de Dios, la dinámica de Dios, su fuerza, que tiene el poder de purificar la palabra, hacerla portadora de vida. Por ejemplo, en la Biblia hay historias, palabras humanas; ¿Pero cuál es la diferencia entre la Biblia y un libro de historia? Que las palabras de la Biblia están inspiradas por el Espíritu Santo, que nos da una gran fuerza, una fuerza diferente y nos ayuda a hacer de esa palabra una semilla de santidad, una semilla de vida, para que sea eficaz. Cuando el Espíritu visita la palabra humana, se vuelve dinámico, como «dinamita», que es capaz de encender corazones y hacer estallar patrones, resistencias y muros de división, abriendo nuevos caminos y expandiendo los límites del pueblo de Dios. Y veremos esto en el transcurso de estas catequesis, en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Aquel que da sonoridad vibrante e incisividad a nuestra frágil palabra humana, incluso capaz de mentir y escapar de sus responsabilidades, es solo el Espíritu Santo, a través del cual se generó el Hijo de Dios; el Espíritu que lo ungió y lo sostuvo en la misión; el Espíritu gracias al cual escogió a sus apóstoles a quienes les garantizó su proclamación de perseverancia y fecundidad, como también hoy garantiza los nuestros.

El Evangelio se concluye con la resurrección y ascensión de Jesús, y la trama narrativa de los Hechos de los Apóstoles comienza aquí, desde la sobreabundancia de la vida del Resucitado transfundida en su Iglesia. San Lucas nos dice que Jesús «se mostró… vivo, después de su pasión, con muchas pruebas, durante cuarenta días, apareciendo… y hablando de cosas concernientes al reino de Dios» (Hechos 1: 3). Cristo resucitado, Jesús resucitado, hace gestos muy humanos, como compartir una comida con los suyos, y los invita a esperar confiadamente el cumplimiento de la promesa del Padre: «seréis bautizados en el Espíritu Santo» (Hechos 1: 5).

El bautismo en el Espíritu Santo, de hecho, es la experiencia que nos permite entrar en una comunión personal con Dios y participar en su voluntad salvífica universal, adquiriendo el don de la parresia, el coraje, que es la capacidad de pronunciar una palabra «de Hijos de Dios «, no solo como hombres, sino de hijos de Dios: una palabra limpia, libre, eficaz, llena de amor por Cristo y por los hermanos.

Por lo tanto, no hay que luchar para ganar o merecer el don de Dios. Todo es dado gratuitamente y a su debido tiempo. El Señor lo da todo gratuitamente. La salvación no se compra, no se paga: es un don gratuito. Frente a la ansiedad de saber de antemano el momento en que sucederán los eventos que anunció, Jesús responderá a los suyos: «No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad.  Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hechos 1,7-8).

El Resucitado invita a los suyos a no vivir con ansiedad el presente, sino a hacer alianza con el tiempo, a saber esperar el desenlace de una historia sagrada que no se interrumpió sino que avanza, a saber esperar los ‘pasos’ de Dios, Señor del tiempo y del espacio. El Resucitado invita a los suyos a no ‘fabricar” por sí mismos la misión, sino de esperar que sea el Padre quien dinamice sus corazones con su Espíritu, para poderse involucrar en un testimonio misionero capaz de irradiarse desde Jerusalén a Samaría y de ahí atravesar las fronteras de Israel y alcanzar las periferias del mundo.

En esta expectativa, los Apóstoles la viven juntos, como la familia del Señor, en la sala superior o cenáculo, cuyos muros aún son testigos del don con el que Jesús se entregó a sí mismo en la Eucaristía. ¿Y cómo esperan la fortaleza, la dýnamis de Dios? Orando con perseverancia, como si no hubiera tantos sino uno. De hecho, es a través de la oración que uno supera la soledad, la tentación, la sospecha y abre su corazón a la comunión. La presencia de las mujeres y de María, la madre de Jesús, intensifica esta experiencia: primero aprendieron del Maestro a dar testimonio de la fidelidad del amor y la fuerza de la comunión que supera todo temor.

Pidamos también al Señor la paciencia de esperar sus pasos, de no querer ‘fabricar’ nosotros su obra y permanecer dóciles rezando, invocando el Espíritu y cultivando el arte de la comunión eclesial. Muchas gracias.

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