Fiesta de San Felipe y Santiago, apóstoles

 

San Felipe era originario de Betsaida de Galilea. San Juan habla de él varias veces en el Evangelio. Narra que el Señor Jesús llamó a Felipe al día siguiente de las vocaciones de San Pedro y San Andrés. De los Evangelios se deduce que el Santo respondió al llamado del Señor. Escritores de la Iglesia primitiva y Eusebio, historiador de la Iglesia, afirman que San Felipe predicó el Evangelio en Frigia y murió en Hierápolis. Papías, obispo de este lugar, supo por las hijas del apóstol, que a Felipe se le atribuía el milagro de la resurrección de un muerto.

A Santiago se le llama “el Menor” para diferenciarlo del otro apóstol, Santiago el Mayor (que fue martirizado poco después de la muerte de Cristo).

Fiesta de san Felipe y Santiago, apóstoles. Felipe, que, al igual que Pedro y Andrés, había nacido en Betsaida, era discípulo de Juan Bautista y fue llamado por el Señor para que le siguiera. Por su parte, Santiago, de sobrenombre «Justo», hijo de Alfeo y considerado en Occidente como el pariente del Señor, fue el primero que rigió la Iglesia de Jerusalén. Al suscitarse la controversia sobre la circuncisión, se apartó del criterio de Pedro, a fin de que no se impusiese a los discípulos venidos de la gentilidad aquel antiguo yugo. Muy pronto coronó su apostolado con el martirio.

Se celebran en este día conjuntamente las fiestas de Felipe y Santiago («el menor»). Aunque estas dos fiestas están unidas desde la antigüedad, no parece haber una razón de peso para ello, sólo la costumbre muy arraigada. El Butler señala al respecto que «Mons. Duchesne opina que la conmemoración conjunta el 1 de mayo de san Felipe y Santiago, que aparece también en los sacramentarlos gregoriano y gelasiano, data de la dedicación de la iglesia de los Apóstoles en Roma, llevada a cabo por el Papa Juan III hacia el año 563. Esa iglesia, conocida más tarde con el nombre vago de iglesia de los Apóstoles, estaba originalmente dedicada a san Felipe y Santiago, como lo demuestra la inscripción que se conserva en ella: «Quisquis lector adest Jacobi pariterque Philippi Cernat apostolicum lumen inesse locis”

(«Quien, oh lector, se acerque al mismo tiempo a Santiago y a Felipe, reciba la luz apostólica que habita este lugar»).
Pero hay indicios, en ciertos manuscritos del Hieronymianum y en otros documentos, de que originalmente, el l de mayo se celebraba únicamente la fiesta de san Felipe». Naturalmente, el Butler menciona el 1 de mayo porque tradicionalmente era ésa su fecha, hasta que fue modificada por SS Pío XII al instituir la celebración de San José Obrero; lo importante es señalar que los dos apóstoles deben ser tratados por separado, ya que cada uno tiene sus propios testimonios, tradiciones y problemas asociados.

Felipe y Santiago dieron su vida por amor a Jesucristo y a la predicación del Evangelio. El primero fue crucificado cabeza abajo en Frigia, y Santiago murió apedreado, hacia el año 62.

San Felipe

Las listas de apóstoles de Marcos, Mateo, Lucas y Hechos pueden dividirse en tres grupos de cuatro, dentro de los cuales aparecen en distinto orden, pero que siempre estan formados por los mismos (por ejemplo, Juan y Santiago de Zebedeo siempre están en el primer grupo, pero en Marcos y en Mateo se los cita en distinto orden). San Felipe aparece en las cuatro listas encabezando el segundo grupo, junto a Bartolomé, Mateo y Tomás. Sin embargo, fuera de esta aparición en los listados, no tenemos en los Evangelios sinópticos y en Hechos ninguna otra refrencia a Felipe más que su pertenencia a los Doce, y, por supuesto, su permanencia posterior a la resurrección con los demás apóstoles, y la recepción del Espíritu (Hechos 1-2). Los dos episodios protagonizados por Felipe en Hechos 8, la evangelización en Samaría y la conversión del funcionario eunuco, hablan de Felipe el diácono (Hech 6,5) -llamado también Felipe el evangelista-, no de Felipe el apóstol. Así que nuestra fuente de información sobre el apóstol se concentra enteramente en el evangelio de Juan, donde hay que decir que, dada la escasez habitual de datos, tiene una presencia notable.

Lo primero que Juan nos cuenta es que Felipe fue de los primeros que Jesús llamó a su lado, precisamente al día siguiente que a Andrés y a Pedro, y que era del mismo pueblo que ellos: «Al día siguiente, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: Sígueme. Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro.» (Jn 1,43-44); podría deducirse sin problemas que también Felipe, como Andrés, estaba en el círculo de los de Juan el Bautista, pero no es un dato que se pueda afirmar con toda seguridad. Clemente de Alejandría dice que Felipe es el mismo joven al que Jesús dijo -en Lucas 9,60- «deja que los muertos entierren a los muertos…»; sin embargo, como bien observa Butler: «Es probable que Clemente de Alejandría no tuviese más argumento que el hecho de que el Señor había dicho en ambos casos: Sígueme». Señalo el caso para que se vea cuan a menudo llamamos «tradiciones» a afirmaciones cuyo fundamento es más que endeble.

Muy impresionado debió haber quedado Felipe con su primer encuentro con Jesús, ya que sin intermedios nos cuenta Juan que Felipe se encontró con Natanael (a quien la tradición armonizadora ha identificado sin demasiados motivos con el apóstol Bartolomé) y le dijo: «Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1,45). Notemos que es toda una confesión de fe, donde aparecen algunos elementos centrales: la verdadera humanidad de Jesús, junto con su mesianidad. Más adelante nos volvemos a encontrar con Felipe en la multiplicación de los panes:

«Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: “¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?” Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.”» (Jn 6,5ss)

Posiblemente Juan no quiere sólo contarnos una anécdota ocasional sobre Felipe, sino enseñarnos una actitud de discípulo en el ejemplo de uno de los Doce, que podría ser quizás que Felipe, lejos de desesperar por lo imposible del asunto, constata que humanamente no cabe hacer nada, y deja el espacio abierto a la actuación de Jesús.


Santiago el menor

Se le llama el Menor para diferenciarlo del otro apóstol, Santiago el Mayor (que fue martirizado poco después de la muerte de Cristo).

El evangelio dice que era de Caná de Galilea, que su padre se llamaba Alfeo y que era familiar de Nuestro Señor. Es llamado «el hermano de Jesús», no porque fuera hijo de la Virgen María, la cual no tuvo sino un solo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, sino porque en la Biblia se le llaman «hermanos» a los que provienen de un mismo abuelo: a los primos, tíos y sobrinos (y probablemente Santiago era «primo» de Jesús, hijo de alguna hermana de la Sma. Virgen).

San Pablo afirma que una de las apariciones de Jesús Resucitado fue a Santiago. Y el libro de Los Hechos de los Apóstoles narra cómo en la Iglesia de Jerusalén era sumamente estimado este apóstol. (Lo llamaban «el obispo de Jerusalén»). San Pablo cuenta que él, la primera vez que subió a Jerusalén después de su conversión, fue a visitar a San Pedro y no vio a ninguno de los otros apóstoles, sino solamente a Santiago. Cuando San Pedro fue liberado de la prisión por un ángel, corrió hacia la casa donde se hospedaban los discípulos y les dejó el encargo de «comunicar a Santiago y a los demás», que había sido liberado y que se iba a otra ciudad (Hech. 12,17). Y el Libro Santo refiere que la última vez que San Pablo fue a Jerusalén, se dirigió antes que todo «a visitar a Santiago, y allí en casa de él se reunieron todos los jefes de la Iglesia de Jerusalén» (Hech. 21,15). San Pablo en la carta que escribió a los Gálatas afirma: «Santiago es, junto con Juan y Pedro, una de las columnas principales de la Iglesia».

Cuando los apóstoles se reunieron en Jerusalén para el primer Concilio o reunión de todos los jefes de la Iglesia, fue este apóstol Santiago, el que redactó la carta que dirigieron a todos los cristianos (Hechos 15).

Hegesipo, historiador del siglo II dice: «Santiago era llamado ‘El Santo’. La gente estaba segura de que nunca había cometido un pecado grave. Jamás comía carne, ni tomaba licores. Pasaba tanto tiempo arrodillado rezando en el templo, que al fin se le hicieron callos en las rodillas. Rezaba muchas horas adorando a Dios y pidiendo perdón al Señor por los pecados del pueblo. La gente lo llamaba: «El que intercede por el pueblo». Muchísimos judíos creyeron en Jesús, movidos por las palabras y el buen ejemplo de Santiago. Por eso el Sumo Sacerdote Anás II y los jefes de los judíos, un día de gran fiesta y de mucha concurrencia, le dijeron: «Te rogamos que ya que el pueblo siente por tí grande admiración, te presentes ante la multitud y les digas que Jesús no es el Mesías o Redentor». Y Santiago se presentó ante el gentío y les dijo: «Jesús es el enviado de Dios para salvación de los que quieran salvarse. Y lo veremos un día sobre las nubes, sentado a la derecha de Dios». Al oír esto, los jefes de los sacerdotes se llenaron de ira y decían: «Si este hombre sigue hablando, todos los judíos se van a hacer seguidores de Jesús». Y lo llevaron a la parte más alta del templo y desde allá lo echaron hacia el precipicio. Santiago no murió de golpe sino que rezaba de rodillas diciendo: «Padre Dios, te ruego que los perdones porque no saben lo que hacen».

El historiador judío, Flavio Josefo, dice que a Jerusalén le llegaron grandes castigos de Dios, por haber asesinado a Santiago que era considerado el hombre más santo de su tiempo.

Este apóstol redactó uno de los escritos más agradables y provechosos de la S. Biblia. La que se llama «Carta de Santiago». Es un mensaje hermoso y sumamente práctico. Ojalá ninguno de nosotros deje de leerla. Se encuentra al final de la Biblia. Allí dice frases tan importantes como estas: «Si alguien se imagina ser persona religiosa y no domina su lengua, se equivoca y su religión es vana». «Oh ricos: si no comparten con el pobre sus riquezas, prepárense a grandes castigos del cielo». «Si alguno está triste, que rece. Si alguno se enferma, que llamen a los presbíteros y lo unjan con aceite santo, y esa oración le aprovechará mucho al enfermo» (de aquí sacó la Iglesia la costumbre de hacer la Unción de los enfermos). La frase más famosa de la Carta de Santiago es esta: «La fe sin obras, está muerta».

Fuente: Iglesia.org

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