1° PARTE: del Fortín al 08 de diciembre de 1888

Extraído de “125 años de la Fe en Sunchales” de Chela Roldán de Lamberti. 

“ Todo comenzó a  LA SOMBRA DE UN ÁRBOL…”

En el origen de la Fe, a la sombra del «árbol de la Cruz» -como reza la liturgia de la Semana Santa- en especial el Viernes Santo, ya que en el agua y la sangre que brotaron del Corazón de Jesús traspasado por la lanza del soldado, la Iglesia siempre «ha visto» el origen de los Sacramentos (Bautismo y Eucaristía) por medio de los cuales se recibe el don de la Fe.

El origen de la Fe en la Comunidad, nacida a la sombra protectora de aquel árbol venerable ubicado en el Fortín, debajo del cual se inició el camino de la evangelización en esta bendita tierra… «El Señor seguramente pasó por este lugar». Primero, bajo la protección bienhechora de un árbol; después, junto a las paredes prístinas de una capilla instalada en este lugar de la inmensa llanura santafesina. Luego, el silencio absoluto y la desolación. Inmutable, la fe quedó aleteando suavemente en el aire, como semilla en ansiosa búsqueda de un lugar donde fructificar, desde aquel génesis bajo la fronda que aún perdura, símbolo de vida que se yergue en el presente para marcarnos un hito de la historia que nos pertenece.

Remontar EL AYER

Entornemos los párpados. La mirada penetrante dirigida hacia las crónicas más antiguas del lugar. Esas que algunos se empeñaron en hacer constar en viejos archivos y otros las revelaron para iluminar las mentes y el corazón de los destinatarios, verdaderos protagonistas de la sangre heredada.

La historia más añeja del lugar se remonta a 1799 y sobresale el nombre del Gobernador español Prudencio María Gastañaduy, de quien se dice «hizo construir con su propio dinero, según el informe de Larramendi, una Capilla en Los Sunchales y consta también que fue creado un curato, lo cual significa que debió estar al servicio espiritual de los pobladores un sacerdote. El nombre de este primer cura párroco no se halla en ningún documento de archivo.

El hecho de poseer Sunchales un curato lo eleva a la categoría de pueblo importante en Santa Fe. Las campanas de esta iglesia fueron llevadas a San José del Rincón por Fray Francisco Castañeda en 1825».

De la pluma del historiador Basilio María Donato, maestro de escuela elemental y amante fervoroso de la necesidad de dejar testimonios fidedignos, se les ha permitido a los sunchalenses rescatar parte de esta historia tan particular sobre el servicio religioso. Internándonos subrepticiamente en las penumbras de lo no comprobado, Donato habla de un misionero jesuítico, el Padre Dobrizhofer, quien describiera en uno de sus informes, una iglesia anterior erigida en este sitio. «Documento que no he conseguido, pese a mi activa búsqueda», declara con desasosiego el historiador. «Guillermo Wilken, inspector de colonias en la Comisión Central de Inmigración de Buenos Aires, informaba a sus superiores que anteriormente en el lugar hubo una posta jesuítica».

Maravilloso sondeo que arroja tal resultado. Tierra predestinada, si esto fuera fehaciente. ¿Por qué no? Magnífica obra de los jesuitas en el mundo americano; una obra que con su excelsitud podría haber señalado desde los comienzos la presencia del Señor en estos lares.

Carlos Steigleder la menciona porque ha recibido comentarios de que «en Los Sunchales hubo antes del Fortín una reducción administrada por los hijos de San Ignacio. Un pueblo de 500 habitantes. El viejito Funes, quien ha sido participante de una guarnición como soldado, cuenta que los jesuitas, domiciliados en Santa Fe, habían fundado este lugar con indios en su mayoría del norte. Tenían escuela, iglesia, con un marco de tres metros de altura en la entrada principal, como se viera entre las ruinas. Se encontraron bases de casas que formaban calles enteras…» Mirar hacia atrás y remontar el ayer.

¿Dónde? ¿Dónde explorar en busca de antecedentes confirmatorios? Solamente la autenticidad de archivos oficiales y pliegos legítimos de la época podrían reafirmarlos. Lamentablemente, la ausencia de ellos invalida el resultado. No obstante, ¡qué hermoso imaginar la presencia de los jesuitas santificando este rincón que es nuestro terruño! La expulsión de ellos del territorio americano por el Rey Carlos III en 1797 ha sido el lamentable detonante para la pérdida de todo un patrimonio argumentado en la época. Decididamente, podemos afirmar que, prístina, la fe aletea en el aire desde los comienzos. Está impregnando los espíritus de cada uno de los protagonistas que cumplen su misión en el Fuerte y en los asentamientos constituidos como intentos de colonización, provenientes de los propios hombres de gobierno por considerar las características favorecedoras del paraje: buenas tierras, aguadas, excelente vegetación y una ventajosa vía para el paso de las carretas hacia el Alto Perú. Un tropel de preguntas pugnan por asomar. Los archivos, baluartes humanos de la memoria, se esfuman, se deterioran… o quizás nunca incluyeron esas constancias y únicamente se recogen noticias imprecisas, con una trayectoria de boca en boca. Ecos que trascienden la temporalidad y llegan hasta nuestros días para inyectar el aguijón de la inquietud. El relato oral, primitiva literatura de los hombres, ha trascendido la temporalidad. Las semillas han sido echadas con gesto pródigo seguramente, muchos años atrás; pero ni las inclemencias, ni el abandono o el olvido de los documentos pudo borrar las conductas, las vocaciones, el afán del rezo y la gratitud teñida de fervorosas esperanzas. El sol penetra en el laberinto de los días  bajo el cielo virginal de la llanura y la colonia crece en el milagro de tejer la fe con hilos de ilusiones. Desde las arterias invisibles del humus se agitan los espíritus. Estirpe enérgica de los gringos afincados; desde el campanario de los siglos brotan las plegarias jamás olvidadas. La oración tiene una fuerza inacabable. Nutre con la semilla del ánimo, la fe, la esperanza sin quebrantos que ubica sobre un pedestal la fortaleza, el rearmarse ante cada penuria para volver a comenzar, sin renunciamientos. La oración en voz alta; el rezo colectivo; la plegaria en los labios mudos; la invocación nocturna; la adoración íntima y a cada instante. Así como las espigas hechas panes alimentan sus cuerpos, así la oración sustenta sus espíritus y los sostiene de pie en cada madrugada con sabor a leche recién ordeñada y a surco apenas abierto bajo el filo de una reja. Siempre la oración.

Esa capilla DE 1799

El siglo va cerrando sus puertas. Adormecen las voces y la quietud del tiempo implanta su reinado. Pero jamás duermen las decisiones cuando en el alma está presente la inquietud del hacer, el anhelo de erguir una cruz sobre la llanura desolada. Necesidad de los pobladores para ver consumado el encuentro en un sitio destinado a la oración. Comprensión de los hombres para que otros hombres puedan atesorar el servicio espiritual de una capilla. Una capilla que en su pequeñez pueda contener toda esa necesidad de transmisión de una doctrina. Doctrina para dar lugar al Evangelio en los corazones de aquellos decididos a poblar la vasta soledad de estas tierras. Corre 1799. El vizcaíno Prudencio María Gastañaduy es el Gobernador de Santa Fe. Español, entusiasta, ferviente y decidido protector del Fuerte de Los Sunchales. Hombre de resoluciones fuertes y visionario para detectar las carencias y la metodología para subsanarlas. A Los Sunchales le hace falta un sitio donde cobijar el rezo comunitario. ¿Por qué no una capilla? ¿No hay suficientes fondos disponibles? ¿Las arcas del Estado se hallan consumidas? Pues para qué están entonces los bolsillos particulares de un gobernador decidido a dotar de un templo a este rincón de la llanura santafesina. Larramendi será el encargado de redactar un informe y allí figurará el gesto histórico. También dirá que se crea un Curato. ¡Un Curato! Entonces debe haber estado un sacerdote al servicio espiritual de la población. ¡Esto erige a Sunchales hasta el rango de pueblo importante en Santa Fe! ¿Nombre del sacerdote? No, ya no. Las sombras de la omisión y la maraña de los siglos hacen imposible el rescate de su figura. Los archivos, verdaderos cofres depositarios de tesoros invalorables, no exhalan la confirmación de este dato. Pero divisamos entre el entretejido de los almanaques su estampa señera, su decisión de atravesar la lejanía, su tesonera actitud de establecerse y prodigar la palabra del Señor entre puñados de almas sedientas. La ausencia de fotografías o de antecedentes puede suplirse con el ejercicio de la imaginación. Solamente debemos internarnos por el laberinto de los calendarios y las visiones surgen con la nitidez con que sepamos impregnarlas, envueltas en los velos del amor por la historia. No únicamente textos y documentos en sepia. Aquí está nuestra percepción para subsanar las carencias de imágenes.

La savia DE LOS RECUERDOS

Por las fibras de la memoria surca rumorosa la savia para traer hasta nuestros días los fundamentos de la herencia. Se apela al reservorio de los mayores, aquellos dueños de la dicha de haber conocido o haber escuchado de sus progenitores los relatos y pueden darnos la transmisión oral. Antonio Rodríguez, nacido en el Fuerte, hijo de inmigrantes, evoca lo que a él le narraron: «La iglesia estaba orientada de sur a norte; el campanario hacia el poniente. Había un sótano que servía para refugio en el caso de que llegaran los indios. Había restos de unas 20 o 30 casas y recuerdo el cementerio. El camino que corría de este a oeste pasaba frente a la capilla, que estaba separada de la pulpería por el camino». De sur a norte, una ubicación que se repetirá años más tarde, cuando los fieles levanten el templo definitivo. El campanario orientado hacia el poniente, pronto a recibir el arrebol de los atardeceres, como acontecerá en épocas aún por venir. José Hunzicker también cuenta acerca de los escombros: «La altura era aproximadamente de 1.50m. Allí encontramos un día una calavera y una moneda que llevaba inscripto el año 1772. Las paredes eran muy anchas y los escombros fueron utilizados para llenar un pozo tan grande como la iglesia. Los ombúes al oeste, a unos 50 metros y el pozo cerca de la misma. Nosotros quitamos las paredes hasta una profundidad que no molestara para el arado. Crucifijos, tinteros, candelabros, tejas con las inscripciones de 1778; muchas cosas se encontraron». El terreno pertenecía por herencia a Christian Steigleder, hermano de Carlos, quien realizara la venta de todas sus posesiones y se perdiera así, lamentablemente, la posibilidad de otros hallazgos testimoniales. «Delante de las ruinas de la iglesia había un hermoso algarrobo», es el recuerdo imborrable de lo que le comentaron a José Abatidaga. Fernando Gasparotto aporta un dato más: «El cementerio antiguo estaba ubicado al sudoeste.»

Doce, COMO LOS APÓSTOLES

Aquella etapa de la capilla ocupa otro siglo. Ahora, el 14 de enero de 1867, por la mañana, los primeros colonos salen de La Esperanza «en busca de otra esperanza», hacia «Los Sunchales», tierra de promisión, tierra de pan, cedida gratuitamente por el Estado. La Primera Colonización está en marcha. Juan Bautista Alberdi ha dado a la nación su libro «Bases» y en sus páginas se han inspirado para redactar la Constitución, Carta Magna de un país. Con Justo José de Urquiza como primer presidente y Domingo Crespo en Santa Fe, la acción se encuentra asegurada. Crespo conoce a Aarón Castellanos, salteño, hombre de empresa que se compromete a traer campesinos europeos para cultivar las tierras y en junio de 1853 se firma el contrato. A cada familia le darán 20 cuadras de tierra. En enero de 1854 llegan a Rosario los suizos contratados por Castellanos. Traen solamente las herramientas agrícolas. En sus alforjas, las esperanzas. Acampan a orillas del Río Salado y allí mismo se hace la distribución del terreno. Llegan agrupados por cantones y echan a la suerte de cara o cruz su destino. Esperanza es la primera colonia agrícola de Santa Fe. Trece años más tarde, de esa misma remesa humana afloran los doce, como los apóstoles, que bajo el rigor del verano cercenan el grupo original para surcar los caminos con sus carretas y arribar a Sunchales, anhelante sitio de la llanura. Un nuevo destino, una meta incierta que se ubica en un mañana esforzado. Y a eso han venido. A consumar la misión de poblar. Después llegan otros más. El Fuerte en el centro actúa como compacto faro protector. Los guía otro faro: la ilusión del trabajo fecundo, de la paz como regalo de vida, el hogar como nido donde procrear hijos y echar la estirpe de los apellidos.

Frustración Y NUEVO INTENTO

La obra de Prudencio Gastañaduy ya ha quedado diluida en la oscura quebrada de la pérdida. Los primeros colonos asentados en Esperanza hablan francés y alemán. De esa cepa provienen los nuestros. ¿Protestantes? Seguramente. Pero la falta de herramientas, las provisiones agotadas, la escasez de animales para arar, todo influye en el desánimo de los colonos. El gobierno de Nicasio Oroño tiene sus propias dificultades y su protección se va dificultando, hasta que la renuncia brota de sus manos de hombre probo. Sin el apoyo de Oroño, los protagonistas de la Primera Colonización de Los Sunchales se desbaratan, quedando unos pocos que trabajan ya por su cuenta y otros criollos ocupados en la doma, la faena de las reses, la conducción de las carretas. Mixtura de oficios y similitud en el desaliento. La Segunda Colonización llega luego de la mano privada, ya que el Gobierno firma un convenio en 1871 con el Conde Carlos La Mott, un belga que trae de Europa inmigrantes de distintas nacionalidades. Una verdadera Torre de Babel que origina dificultades por la diversidad de idiomas, costumbres, medidas, monedas, anexadas a la desorganización de quien debe ser el conductor, que además envía informes engañosos a las autoridades, expresando que todo se desenvuelve perfectamente. Se cuenta, dice Donato, -y otra vez la transmisión oral ubica su capítulo- que sobre los restos de la capilla construye un palacete. Sus aires de gran señor quizás lo han llevado a cometer semejante sacrilegio, sepultando la obra espiritual de quienes lo precedieron. Tantas miserias y privaciones, fracasos de cosechas, inclemencias del tiempo, las sequías y plagas despiadadas, todo termina echando por tierra este segundo intento de colonización. Una caravana atraviesa el camino inverso «por la ineptitud de una administración que no supo inculcarles el hábito y el amor por el trabajo».

La acción DEFINITIVA

De la lejana Suiza proviene este hombre destacado, cuyo nombre es Guillermo Lehmann. Posee aquí una empresa colonizadora y uno de sus socios es el Dr. Carlos Christiani. Las 20 leguas que incluyen a Sunchales, medidas en su momento por el agrimensor Cayetano Livi, pasan a poder del Dr. Christiani cuando la empresa colonizadora se disuelve. Este médico tiene conocimiento de la próxima llegada del ferrocarril. Encarga al agrimensor Carlos Steigleder, nacido en Herne, de la antigua Prusia, la medición de los terrenos y la traza del pueblo, debiendo considerar la franja que usarán las vías férreas y toda la construcción aledaña.  Steigleder establece la plaza como centro y diseña la colonia en forma de damero. En el trazado tiene muy en cuenta los lotes donde se ubicarán los edificios públicos; luego lleva los planos a Santa Fe. El Gobernador José Gálvez firma los mismos como aceptación, con fecha 19 de octubre de 1886. Día augusto para los sunchalenses, fecha conmemorativa que enmarca el fin de las penurias por los intentos frustrados. Definitivamente, la Tercera Colonización ha tenido éxito, después de dos tentativas fallidas. La mayoría de los pobladores tiene origen italiano. Las principales instituciones comienzan a levantar su estampa sobre la faz naciente del pueblo. La Escuela Pública en 1888, la Sociedad Italiana en 1891. Organización, diseño, trabajo y nuevamente la esperanza, pero esta vez con un horizonte pleno de luz.

Sombras y luces PARA UNA HISTORIA

«La historia de la Parroquia de Sunchales es un poco oscura en cuanto a fechas se refiere. Por lo que se ve, la primera misa de la que se tiene constancia se celebró el 8 de diciembre de 1888 por un sacerdote llamado Remigio Carnevale, traído de ex profeso. Fue oficiada en la casita que existía en el lugar ocupado actualmente por el edificio de la Comuna y que pertenecía a la familia de Cesaris»; tal, lo expresado por el órgano de prensa «La Cruzada». Urdimbre de sombras para dilucidar una historia. Quizás se refiere, como afirma el historiador Basilio Donato, al lugar donde se reza la misa. Los vecinos más antiguos y sobre todo la familia de Don Ventura Cardoso -nombrado Juez de Paz-, cuentan que se oficia en realidad en la casa de esta autoridad por el sacerdote Remigio Carnevale, traído expresamente de Paraná. Una casa cercana, ya que no son muchas las viviendas edificadas y todas en el radio cercano a la plaza y al ferrocarril. Posteriormente la casa de José de Cesaris se usa como templo provisorio; está emplazada en el lugar que se adquiere en 1934 para construir el edificio de la Comuna, hoy Municipalidad de Sunchales.

¡Desde Paraná! Nada fácil el recorrido. Un río para cruzar y tantos kilómetros para trasponer. Caminos con dificultades y la precariedad de los vehículos antiguos; carromatos en realidad, sin las mínimas comodidades; únicamente echados a andar siguiendo el paso cansino de los bueyes bajo la intemperie absoluta, impulsados por los hombres decididos a cumplir su misión eucarística. La misión lo exige. No importan los contratiempos. Una consigna ilumina la meta y hacia aquí marcha el sacerdote, sin claudicaciones, atento a las necesidades de su rebaño que lo aguarda con ansiedad y la emoción de recibir la eucaristía en esta tierra bendita de paz y trabajo: la América que eligieron desde la Europa desgarrada, como nueva patria donde anidar. No únicamente de la misa participan los sunchalenses. La oportunidad de la presencia sacerdotal sirve también para el sacramento del bautismo. Los niños recién nacidos reciben esta gracia y los demás, porque no han podido hacerlo antes, hasta los 8 años cumplidos, también son rociados con el agua bautismal. Definitivo encuentro con la fe y el júbilo de las familias.

Diciembre 8, FECHA SOLEMNE

La fe que da fuerzas, que nutre y comunica, que es dogma de verdades, esa fe necesita nacer a la vida real, efectiva, la vida compartida cada jornada en este paraje llamado Sunchales. Dos calendarios se han sucedido y el tiempo reclama por una luz más concreta. Los italianos son devotos y practicantes. Ya no alcanzan un árbol, una vivienda ni una capilla menor. Ya el pueblo va creciendo su número de familias y todas se sienten unidas por la misma fe. Corre 1888. El Día de la Inmaculada Concepción descuella sobre el almanaque de ese diciembre. El ocho es puntal, principio, génesis inolvidable. María, mujer creyente, imagen cercana a nuestra condición de peregrinos. Ella camina en la fe y los habitantes de esta colonia necesitan recorrer la misma senda apoyándose en la palabra de Dios, fuente de confianza y fuerza en el andar. La fe, incomparable don que nos introduce en la verdad plena como hijos de Dios, abriendo el horizonte de la vida eterna, vocación última del hombre. Esa es la misa que implanta un signo. Ya los hijos lucen en sus frentes el agua bendita y la confirmación de un sacramento que los instala como bautizados entre los fieles cristianos. Ya el rezo individual halla otras voces para pregonar las verdades y los misterios, para corear emocionados el Padre Nuestro y el Credo, para hincarse ante la Cruz y llorar ante las espinas de Cristo. La brevedad del espacio urbano, la cercanía de los vecinos, la similitud de la nacionalidad, todos esos vínculos se fortalecen ahora con la fe profesada  en forma comunitaria y visible.”